Dentro de las tres caras del régimen comunista que se está convirtiendo en otra potencia capitalista: un líder supremo, apertura económica y pecado nocturno

Vietnam se ha transformado en una de las economías de más rápido crecimiento en el mundo. Este año se cumple medio siglo de la reunificación del país

La niña sonríe a su madre y agita una pequeña bandera roja con la estrella amarilla de cinco puntas: símbolo de unidad nacional y del ideal comunista que guía a Vietnam. La luz cálida del atardecer embellece la instantánea. La familia, originaria del interior rural, está pasando el fin de semana en Ho Chi Minh, la capital financiera. “Hacía ocho años que no venía. La ciudad ha cambiado: rascacielos, muchas tiendas de lujo… parece otra“, comenta la madre mientras fotografía a su hija junto a la estatua del “Tío Ho”, el héroe de la independencia que da nombre a la ciudad. La escena ocurre frente al edificio del Comité del Partido Comunista, con su reloj y su arquitectura colonial restaurada.

Acariciando la madrugada, a menos de un kilómetro de la estatua, las imágenes familiares se desdibujan frente a un caos en technicolor: luces de neón parpadean al ritmo de la música a todo volumen, turistas borrachos tambaleantes y niños locales lanzando llamas por la boca a cambio de unos pocos billetes. Todo esto se concentra en Bui Vien, una calle de 800 metros llena de clubes de gogós que compiten en su propia guerra de decibelios, desde música electrónica que parece sacada de un rave en Berlín hasta reguetón. En las arterias abundan puestos de comida callejera y salones de masajes sexuales.

En las afueras de Ho Chi Minh, extensas zonas industriales se despliegan con fábricas de techos altos que muestran el músculo exportador de un país cuya economía crece al ritmo de sus ensamblajes y comercio exterior. Aquí también se asientan sedes logísticas y centros de manufactura de compañías internacionales de electrónica y textiles. Camiones cargados de contenedores recorren carreteras polvorientas, conectando talleres y puertos.

Estas son tres de las caras que presenta hoy Vietnam: un régimen comunista, hogar de más de 100 millones de personas, que avanza como una de las economías más dinámicas del mundo, con tasas de crecimiento que rondan el 8% anual y una creciente atracción de inversión extranjera en sectores clave como la manufactura y la tecnología.

El mismo mes en que el dirigente To Lam, de 68 años, se consolidó como líder supremo (asumiendo la presidencia del Estado además del cargo de secretario general del Partido Comunista), EL MUNDO viaja a Ho Chi Minh en el aniversario de la caída de Saigón, antiguo nombre de la ciudad, cuando el fin de la famosa guerra cambió el destino del país.

Dentro del Palacio de la Independencia, antigua residencia del presidente de Vietnam del Sur, hoy reconvertida en un museo, se recuerda cómo el 30 de abril de 1975 la ciudad fue atrapada por la incertidumbre. Delante de la embajada estadounidense, una muchedumbre desesperada se agolpaba frente a los altos muros y los gritos se mezclaban con el ruido de los helicópteros que recogían en la azotea a los últimos funcionarios y soldados evacuados. En la radio, se repetía en bucle el mensaje del presidente Duong Van Minh anunciando la rendición ante las tropas comunistas del Norte. El Sur, apoyado por Estados Unidos, había sido derrotado.

A mediodía, el primer tanque, con el número 843 pintado de blanco, rompió la verja de hierro del palacio. Cuando cayó la noche, Saigón fue rebautizada como Ho Chi Minh. El cambio de nombre oficial no llegó hasta el año siguiente, cuando se proclamó formalmente la reunificación del país bajo la República Socialista de Vietnam.

Medio siglo después, la mayoría de vietnamitas siguen refiriéndose a la ciudad como Saigón. Una gran urbe que, lejos de la pobreza extrema y de la época de aislamiento durante la posguerra, está bañada por el capitalismo. “En esta misma calle puedes ver carteles de propaganda comunista frente a tiendas de Louis Vuitton y Rolex“, señala Tran Thi Lan, un vecino que pasea por una zona comercial.

Las cicatrices del pasado ya se han olvidado y los restos de la guerra, como la inmensa red de galerías subterráneas interconectadas que sirvieron como refugio, se han transformado en museos que atraen a millones de visitantes cada año. Vietnam mantiene ahora una relación muy estrecha con EEUU, que ha sido su mayor inversor y clave en su actual explosión de desarrollo. “En las grandes ciudades, la vida ha mejorado mucho, pero el control político y la censura también aprietan cada vez más”, asegura Hieu, una universitaria.

El país está entrando en una nueva fase política marcada por una deriva más personalista del poder. El último congreso del Partido Comunista de Vietnam (PCV), celebrado a comienzos de año, no solo fijó ambiciosos objetivos económicos para el próximo lustro, sino que también consolidó a To Lam como el dirigente más poderoso al ser reelegido secretario general y, poco después, asumir también la presidencia.

Durante décadas, el PCV había mantenido un equilibrio de poder entre los cuatro pilares del sistema -secretario general, presidente, primer ministro y presidente de la Asamblea Nacional-, un diseño concebido precisamente para evitar la concentración de autoridad en una sola figura tras las guerras del siglo XX. Ese modelo colegiado ahora se ha quebrado.

La decisión de la Asamblea Nacional de nombrar a To Lam también presidente, acerca a Vietnam al esquema político de China, donde el omnipresente Xi Jinping ha acumulado en su persona el control del Partido, el Estado y las fuerzas armadas. A mediados de abril, una semana después de su ascenso, el primer viaje del líder vietnamita fue a Pekín. Lam, ex policía y ex jefe de los servicios de inteligencia, ha consolidado su poder interno apoyándose en dos pilares: crecimiento económico y disciplina partidaria. Su perfil, señalan muchos analistas, encarna la combinación de control político y pragmatismo económico.

Lam ha promovido reformas administrativas orientadas a agilizar la burocracia -incluida la eliminación de decenas de miles de puestos intermedios- y acelerado la aprobación de grandes proyectos de infraestructura. Al mismo tiempo, ha apadrinado personalmente una intensa campaña anticorrupción que, además de responder a una demanda social real, ha servido para depurar rivales internos y reforzar su control sobre el aparato del partido.

La otra cara menos amable del poder sigue siendo un régimen de partido único que no tolera la disidencia. Organizaciones internacionales de derechos humanos denuncian el uso cada vez más frecuente de disposiciones ambiguas del código penal, como el artículo 331, que sanciona la “infracción de los intereses del Estado”. Bajo esta figura, activistas, periodistas y ciudadanos han sido condenados por actividades que van desde publicaciones en redes sociales hasta protestas pacíficas. Entre 2018 y comienzos de 2025, al menos 124 personas habrían sido sentenciadas en virtud de esta ley, una cifra que cuadruplica la del periodo anterior.

Informes de Naciones Unidas apuntan además a un fenómeno más difícil de medir: el aumento de la autocensura. “Nuestra Constitución reconoce el derecho a la libertad de expresión y a la libertad de prensa, pero todos los medios de comunicación están bajo supervisión del Gobierno y no se permiten manifestaciones sin autorización previa, que casi nunca se concede si es para protestas políticas”, explica un abogado llamado Do Duy.

En este escenario, mientras Vietnam se integra con éxito en la economía global y se proyecta como uno de los motores emergentes de Asia, su sistema político evoluciona hacia una mayor concentración de poder y un control más estricto de la sociedad.

La nueva designación de To Lam supone el tránsito desde un liderazgo colectivo hacia un modelo más centralizado, con ecos claros que llegan de la vecina China. Aunque la vida nocturna vietnamita es mucho más desinhibida que en las grandes metrópolis del gigante asiático.

En el epicentro de la fiesta de Ho Chi Minh las jarras congeladas de cerveza cuestan menos de un euro. Las gogós bailan en plataformas a pie de calle hasta bien entrada la madrugada y los niños que echan fuego por la boca suben más la temperatura.

Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2026/04/30/69f05416e9cf4a97358b457c.html

Copyright © Todos los derechos reservados. | info@resumeninformativo.com