No habrá pacto de Estado contra los incendios. Ni con la mayor masacre forestal de la historia de España aún por extinguir. Ni con toda esta gimnasia institucional de la coordinación para emergencias. Ni con la evidencia de que faltan recursos materiales, porque el fuego se desboca un poco más cada año y tenemos que pedirles a Grecia e Italia los hidroaviones prometidos aquí. Ni con toda esta pedagogía circunstancial de la prevención, que consiste en decir en verano que los incendios se apagan en invierno. Y olvidarse en otoño.
No habrá pacto de Estado. Dos no pactan si uno no quiere y el otro está cómodo con eso. Pedro Sánchez invoca el acuerdo, pero no lo practica. De hecho, su idea de consenso contra los incendios forestales es uno que justo, justo deje fuera del perímetro al PP. Por eso eleva el tiro y habla de pacto de Estado contra la «emergencia climática», para revestirlo de medidas que no apoya el PP, y para poder criticar a Alberto Núñez Feijóo tanto si lo firma como si no. Si lo hace, se indispondrá con Santiago Abascal. Y si no, le colgará el sambenito de «negacionista» ultra.
Sánchez entró ayer en una nueva dimensión cuántica de su desacuerdo con el PP, cuando dijo que él «no tendría ningún problema en hablar con las fuerzas políticas» para negociar el pacto... pero que en el caso de Feijóo no lo va a hacer, porque «el negacionismo se está abriendo paso en algunas comunidades autónomas» que gobiernan los populares. Y eso es justamente un «problema» para él. De esos que 15 segundos antes dijo que no tenía.
Feijóo tampoco mueve ficha, porque está más cómodo así, llenándose de razones para cambiarlo todo sin mancharse de «sanchismo», si llega a La Moncloa. Él y Sánchez comparten una cosa: los dos se dan por imposibles el uno al otro. Y el gallego desconfía demasiado del madrileño como para sentarse a negociar sin la mano en la cartera. Por eso no reta a Sánchez a llamarlo. No vaya a ser que lo haga.
Lo más desolador de todo es que el pacto de Estado ya está escrito. Tanto el Gobierno como el PP han presentado sendos planes contra los incendios, y sólo haría falta priorizar el mínimo común, ya que comparten muchas medidas. Pero muchas. Por ejemplo: más fondos para prevención durante todo el año, incentivos al mantenimiento de la actividad económica en el monte, impulso a la ganadería extensiva y al pastoreo, más dinero para las zonas arrasadas, un refuerzo de los sistemas de detección temprana y mejorar la capacidad operativa de los servicios de emergencia. Entre otras.
Pero no habrá pacto de Estado porque esto del frentismo populista -que Abascal definió magistralmente así: «Si Sánchez dice '¡viva España!' Nosotros respondemos '¡mentira!'»- ya no hay quien lo arregle. Los minutos de la basura de la legislatura nos están dejando ese regusto decadente y contumaz: si ahora no hay consenso, nunca lo habrá. No antes de que las urnas repartan cartas de nuevo, en 2027.
Si, en plena emergencia nacional de incendios, el presidente ni siquiera va a descolgar el teléfono para llamar al líder de la oposición y ponerse manos a la obra, ¿cuándo? Ese sinsentido gestor da la medida de hasta dónde ha avanzado la destrucción de la institucionalidad como pilar de carga de la convivencia.
Y eso que la coordinación entre administraciones está siendo la adecuada. Los ministerios y las comunidades autónomas se suministran todos los recursos requeridos contra los incendios sin menguar la solidaridad por intereses políticos. Ellos sí, sin siglas. Pero toda esta colaboración debida y fluida entre los gobiernos regionales -hoy los consejeros se reúnen con el ministro Fernando Grande-Marlaska- no se traduce, aguas arriba, en ni un sólo avance para articular un pacto de Estado duradero y suficientemente financiado, de cara a los próximos años, que se prevén aún más incendiarios (en términos climáticos). En medio del bucle de «relatos», «marcos», «focos» y demás menudencias líquidas, las posibilidades de que Sánchez y Feijóo se sienten a pactar un mínimo común contra el fuego son cercanísimas a cero.
No habrá pacto de Estado. Ni siquiera en este verano de récords, ceniza y humo. El fuego asedia ahora Ávila, Madrid y Castellón, atraviesa el valle del terror del Tiétar, los piornales de Gredos, vuela sobre los matorrales de La Vall d'Uixó, chamusca bosques y montes, asuela urbanizaciones y fincas y no entiende de fronteras provinciales, pero no puede franquear el «muro» que divide el Hemiciclo.
Y luego se quejan del desprestigio de la política y que si viene el lobo de la antipolítica. Ya.
DOS MODELOS COMPATIBLES... SI LOS DOS CEDEN
Basta introducir el plan del Gobierno contra la emergencia climática y el plan del PP contra los incendios en un comparador de documentos para sacar una triste conclusión: no tienen excusas para no pactar. Hay «bastantes puntos de coincidencia», aunque «difieren en el diagnóstico político y en el énfasis». Hay ocho bloques «compatibles» de medidas, pero el PSOE plantea combinar la adaptación al cambio climático con la gestión forestal y el PP pone mucho más énfasis en la gestión del monte. Conclusión: no me chilles, que no te veo.
Seguimos con 7 hidroaviones y no 10
El 6 de julio, el Centro de Coordinación de la Información sobre Incendios se quejó a las comunidades autónomas de la falta de hidroaviones de élite (conocidos como FOCA) operativos por culpa de las averías. En vez de 10, sólo había siete. «La flota es cada vez más antigua (contando con aeronaves con más de 40 años)» y Defensa tarda mucho en arreglarlos, lamentaba. Tres semanas después, la cifra nacional no ha mejorado. Ayer estaban desplegados nueve hidroaviones de élite FOCA: siete del Ministerio de Transición Ecológica y dos de «apoyo internacional».
Fuente: https://www.elmundo.es/espana/2026/07/28/6a6905d2fc6c83aa2b8b45af.html
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